De vuelta al colecho

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Rectificar es de sabios… y de padres. Y no pasa nada por volver atrás, por desandar el camino, por comenzar de nuevo, por pedir perdón. No es que no pase nada, es que uno se siente infinitamente mejor cuando lo hace, cuando rectifica sabiendo que su decisión,  es la mejor decisión. Da igual el mundo.

A la vuelta de las vacaciones siempre me da por poner la casa patas arriba. Vender, vaciar, redecorar, cambiar los muebles de sitio… no es que nuestros 80 m2 den para mucho pero al dormir todos en una habitación, tenemos otras dos que me apetecía poner a punto. En una de ellas tenemos una especie de trastero en vías de convertirse en cuarto de juegos, y en la otra una camita pequeña, el armario de las niñas y algunos juguetes.

A la vuelta de las vacaciones también, propusimos a Martina si quería mudarse a su habitación y probar a dormir allí a ver qué tal. Con 6 años nos parecía una edad más que razonable como para comenzar a «sugerir» el descolecho. Así en poco tiempo Julieta seguiría sus pasos y «quemaríamos» una etapa más. Sorprendentemente, a Martina le gustó la idea y comenzó a dormir allí cada noche.

El ritual era un poco agotador. Si mi chico estaba en casa nos dividíamos cada uno con una niña para los cuentos y «acompañar» hasta que se dormían. Pero si le tocaba trabajar de noche entonces comenzaban los bailes de cama. Ahora leemos en la cama grande y luego me esperas en tu cama, ahora te duermo a ti primero y luego a la pequeña… en muchos momentos pensé en lo complicado que se había vuelto todo, con lo bien que teníamos pillada la dinámica de la hora de dormir cuando dormíamos todos juntos.

A los bailes de antes de dormir le siguieron los bailes nocturnos. Martina se despertaba cada noche y una de dos, o se ponía a llorar, o se venía directamente a nuestra cama y por no discutir acabábamos los cuatro durmiendo encogidos, ya que habíamos vendido la cama «supletoria» que teníamos antes del descolecho en donde dormía ella. Craso error.

Pasaban las semanas y la situación no mejoraba. Hablábamos con ella, le proponíamos alternativas, le preguntábamos que quería hacer y directamente le dijimos que moveríamos su cama a nuestro cuarto de nuevo, pero ella no quería eso de ninguna manera. Se ponía a llorar desconsolada cuando se lo decíamos…

Así hasta que el pasado sábado por la noche volvimos a tener una noche horribilis, y por la mañana sólo queríamos llorar de agotamiento y de no saber qué hacer. ¿Por qué estaba siendo tan difícil «pasar de etapa»? La respuesta estaba clara… No estaba preparada para pasarla.

Esa mañana hablamos con ella y le preguntamos si no quería que moviéramos la cama de nuevo a nuestro cuarto porque pensaba que dormir con nosotros «era de pequeños», y ahí estaba la clave… aunque la decisión de dormir en su cuarto la tomó ella sola, al reforzarla con «qué mayor eres ya» y frases del estilo la estábamos forzando indirectamente a continuar con la decisión cuando no le estaba haciendo feliz.

Después de llorar abrazadas y decirla lo mucho que nos apetecía volver a dormir juntos con ella, y que eso era lo que nos funcionaba como familia y éramos felices así, movimos su camita a nuestro cuarto y fin del drama. Se acabaron las prisas por que deje la habitación, por que crezca o por que queme etapas…

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Y hasta aquí nuestra historia de descolecho y recolecho en la que una vez más me he dado cuenta de que en la crianza la máxima más importante es «seguir el ritmo del niño», independientemente de que tenga 6 meses o 6 años… y cada uno tiene su propio ritmo lejos de los que marca la sociedad, de los que sin querer nosotros les marcamos como padres.

Volvemos a dormir juntos, y ahora en vez de un cuarto de juegos tenemos dos 😉

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